Mi marido, Pascual, y yo fundamos Barimueble allá por los años 80 con muchísima ilusión y, sobre todo, con unas ganas de trabajar que no entendían de horarios. Todo empezó de una forma casi inesperada; él era distribuidor de muebles de cocina y tenía un pequeño altillo para su oficina en las Fontetas (Cerdanyola).
Cuando me comentó que había pensado en sus hermanos para llevar la exposición de abajo, yo sentí que aquel era nuestro momento para construir algo propio, codo con codo. Le pedí que me diera la oportunidad de llevarla yo, porque mi cerebro estaba lleno de ideas y necesitaba volcar toda mi energía en un proyecto que fuera de los dos. Así, entre pequeños "rifirrafes" porque en aquella época no era tan común que la mujer estuviera al frente, nos lanzamos a la aventura con el mueble auxiliar.
Recuerdo con mucho cariño nuestros inicios, incluso anécdotas como la de aquel representante que no paraba de preguntarme "¿Qué tal?" y yo le respondía educadamente que muy bien, sin saber que "Qué tal" era simplemente el nombre de la firma que venía a vender.